Reto 2: ¿Cómo se manifiestan en esta obra teatral (Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé) la relación entre ideología y subjectividad, y la tensión entre sujeción y subversión? – Ángel Rosauro Moragues

La obra teatral Después de mí, el diluvio de Lluïsa Cunillé plantea, a través de un extenso diálogo entre el personaje del hombre y la intérprete, un complejo entramado donde ideología y subjetividad se construyen de manera inseparable. La acción, situada en un hotel de Kinshasa, se convierte en un espacio simbólico de confrontación entre el discurso del poder económico global y la experiencia corporal, histórica y emocional del sujeto subalterno. En esta confrontación se despliega una tensión constante entre sujeción y subversión, que atraviesa tanto a los personajes como al propio lenguaje teatral.

Desde el inicio, el hombre encarna una ideología ligada al capitalismo extractivo y al pragmatismo de los negocios internacionales. Su discurso está atravesado por una racionalidad instrumental que naturaliza la explotación: «Mi compañía está aquí por el coltán» (Cunillé, 2008, p. 481) y, más adelante, completa esta afirmación con una descripción descarnada del sistema global: «Los aviones que vuelan hacia aquí vienen cargados de armas y los que salen, de coltán, oro y diamantes» (Cunillé, 2008, p. 506). Así, la ideología se manifiesta aquí como una forma de conocimiento aparentemente objetiva y técnica, que pretende situarse más allá de la moral. Y, del mismo modo, esta cosmovisión configura su subjetividad: el hombre se piensa a sí mismo como alguien eficiente, inevitable, casi imprescindible.

Sin embargo, esta subjetividad no es plena ni estable. La ideología que lo sostiene exige una sujeción constante al mandato de la eficiencia y del beneficio, incluso contra el propio cuerpo. El hombre confiesa que «lo único que nos salva a nosotros, los hombres de negocios, es la eficiencia» (Cunillé, 2008, p. 497), pero inmediatamente reconoce que esta misma lógica le produce «más angustia y remordimientos» (Cunillé, 2008, p. 497). La ideología opera, así, como una forma de sujeción subjetiva, ya que el sujeto se somete a un sistema que le proporciona identidad, pero a costa de una progresiva deshumanización.

La intérprete, en cambio, aparece inicialmente como un sujeto aparentemente subordinado: mujer, africana, trabajadora precaria cuyo rol es mediar. Ella misma acepta su función profesional como una posición de obediencia: «Le pido que traduzca exactamente todo lo que oiga, sin tratar de suavizar nada» (Cunillé, 2008, p. 467), es decir, sitúa la traducción como un instrumento al servicio del negocio del hombre. Por lo tanto, en este punto, la ideología dominante intenta producir una subjetividad funcional, neutral y dócil.

No obstante, la obra muestra cómo esta sujeción es solo aparente. La intérprete subvierte su papel mediante el control del relato. Ella no solo traduce palabras, sino que construye sentido. De este modo, su subjetividad emerge precisamente en ese espacio de traducción donde se esperaba neutralidad.

Asimismo, la historia del hijo constituye el eje central de esta subversión. A través de un relato progresivamente más violento sobre el niño soldado: «A los ocho años se lo llevaron lejos del pueblo, a la selva» (Cunillé, 2008, p. 482), la intérprete obliga al hombre a confrontar las consecuencias humanas del sistema que sostiene. El hijo se convierte en una figura que condensa todas las violencias invisibilizadas por la ideología del progreso. Aunque el hombre intenta mantener una distancia defensiva, preguntando datos o dudando, el relato lo interpela directamente, afectando a su subjetividad.

La tensión entre sujeción y subversión alcanza su punto máximo con una impactante revelación: «Mi hijo murió hace dieciséis años» (Cunillé, 2008, p. 502). Este giro desmantela la estructura ideológica del diálogo porque el hijo ya no es un individuo concreto, sino una construcción simbólica que encarna a todas las víctimas del sistema. De hecho, la intérprete reconoce su estrategia: «Quería que alguien más que yo echara de menos a mi hijo» (Cunillé, 2008, p. 503). En este gesto, la subversión ya no es solo discursiva, sino ética debido a que obliga al hombre (y al espectador) a asumir una responsabilidad emocional.

Por otro lado, la subjetividad del hombre se resquebraja cuando admite lo siguiente: «Siempre me ha parecido que me faltaba algo» (Cunillé, 2008, p. 494). La ideología ya no logra cerrar el vacío existencial. La intérprete, por el contrario, afirma una subjetividad que, aunque marcada por el dolor y la pérdida, resiste mediante la memoria y la palabra. Así, con sus palabras: «No tengo tiempo ni fuerzas para tener lástima de mí ni de nadie» (Cunillé, 2008, p. 497), esta reafirma una posición que se niega a la victimización pasiva.

En conclusión, Después de mí, el diluvio muestra cómo la ideología no es un sistema abstracto, sino una fuerza que produce individuos, que los paraliza en un estado de sujeción y los divide. Al mismo tiempo, al igual que otras obras de teatro subversivas como Y los peces salieron a combatir contra los hombres de Angélica Liddell (2003), la obra revela las fisuras de los sistemas ideológicos presentados desde un punto de vista subjetivo. Y, aunque toda la obra sea verdaderamente reveladora, a mi juicio, lo más destacado es el hecho de que la intérprete transforme su aparente sujeción en una estrategia de resistencia simbólica, mientras que el hombre encarna el coste subjetivo de una ideología que, al negar la alteridad, termina por vaciar al propio sujeto. De hecho, estas interrelaciones entre cultura, ideología y subjetividad vienen a confirmar que no habría ideología sino “por y para sujetos” y, al mismo tiempo, no habría “práctica sino en y por una ideología” (Althusser, 1981, p. 138), lo que indica que toda acción humana está mediada por marcos ideológicos previamente instituidos.

 

Referencia bibliográfica:

Althusser, L. (1981). La filosofía como arma de la revolución. Siglo XXI.

Cunillé, L. (2008). Deu peces. Edicions 62.

 

Uso de la IA: en este trabajo no se ha utilizado ninguna herramienta de inteligencia artificial. El empleo de un registro académico formal y la corrección expresiva no son privativos de la inteligencia artificial.

 

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